Por Pablo Mieres

El analista español, José Ignacio Torreblanca, sintetizaba en forma muy acertada las características del flamante gobierno de Trump al decir que estaba: “adoptando un rumbo aislacionista en lo político, proteccionista en lo económico, y xenófobo en lo identitario y cultural”. Esta frase era parte del artículo que publicó días pasados en El País de Madrid titulado “El suicidio anglosajón” y estaba referido también al rumbo del gobierno británico de Theresa May.

Efectivamente, los apenas siete días de la nueva administración norteamericana confirman las peores expectativas, puesto que está cumpliendo con sus lamentables promesas de campaña.

Las consecuencias de esta política tampoco han tardado en comenzar a expresarse. Crisis política con México en torno al muro y a su financiamiento, resquebrajamiento del NAFTA, retirada del TPP, fin de la política de recepción de refugiados, anuncio imperial en Naciones Unidas señalando que revisarán los aportes a ese organismo y marcarán a los países que no acompañen sus políticas, declaraciones favorables a la tortura. Y podíamos seguir sumando decisiones y declaraciones que indican, sin dudas, el comienzo de una nueva época de preocupantes características para la estabilidad mundial.

Lo que está ocurriendo es muy grave y es aconsejable dejar de lado las especulaciones ingenuas que intentan subestimar la voluntad de Trump o relativizan las posibilidades de concretar sus objetivos. Es cierto que la institucionalidad norteamericana establece límites al mandato presidencial y también es cierto que existe un sistema de “pesos y contrapesos” que seguramente se pondrá en marcha. De hecho en las últimas horas nos enteramos que en la Justicia norteamericana se activó un freno a la orden ejecutiva de suspender todas las admisiones de refugiados.

Pero no menos cierto es que estamos ante una personalidad despótica y autócrata, que cree que gobernar un país es un proceso similar al manejo de sus empresas. Esto puede ameritar un fuerte incremento de la conflictividad institucional con el transcurrir del tiempo.

Hace unos días nuestro amigo y compañero, Hebert Gatto, con gran acierto, señalaba, en el marco de una de las mesas de En Perspectiva, que no hay que subestimar el impacto que generará el gobierno de Donald Trump, vinculando sus contenidos y posturas con los modelos populistas autoritarios que han existido tanto en nuestra región como en algunos países de Europa en el pasado (no tan remoto) que culminaron con verdaderas catástrofes.

En esa intervención, Hebert Gatto invitaba a no confundir la explicación del fenómeno de Trump con la justificación. Esta confusión comienza a detectarse con demasiada frecuencia.

Obviamente, hay muchas razones que explican el triunfo de Trump. Graves defectos del establishment americano, abuso de poder de corporaciones y del sistema político, miedo al terrorismo y al inmigrante, pérdida de seguridades laborales y de ingresos de sectores medios. Y podríamos seguir porque la lista es muy grande.

Pero todas las explicaciones posibles, que son válidas y de fondo, no deben transformarse en una justificación para un gobierno que busca impulsar un conjunto de medidas que implican un retroceso de civilización. Un retroceso en los valores de las sociedades democráticas, despreciando el pluralismo, la tolerancia y el derecho a la diferencia.

Esta nueva orientación, además, afectará nuestros intereses comerciales y económicos. Un retorno al proteccionismo comercial a escala mundial nos afectará muy negativamente puesto que somos un país exportador; pero además también afectará nuestra capacidad de captar inversión extranjera, puesto que las nuevas reglas de juego buscarán reorientar esos capitales hacia las economías centrales.

Un mundo marcado por la emergencia de un nuevo nacionalismo rampante, intolerante, xenófobo y agresivo que, además, posiblemente se extienda a varias sociedades europeas, sólo puede avizorar graves dificultades para la paz y la convivencia mundial. Ese es el nuevo tiempo que enfrentamos.

Estos son los momentos en los que no hay que confundirse ni titubear y expresar con claridad y contundencia la reafirmación de los valores fundamentales de la democracia, el pluralismo y la libertad.