Por Hebert Gatto

 

Oxfam es una organización con sede en Londres, que realiza labores humanitarias en noventa naciones, su lema es “Trabajar con otros para combatir la pobreza y el sufrimiento”. Basada fundamental, pero no únicamente,  en los informes de la Revista Forbes sobre la distribución de la riqueza en el mundo, acaba de  publicar un espeluznante informe sobre el tema. Según el mismo las ocho personas físicas más ricas acumulan una fortuna de cuatrocientos veintiséis mil millones de dólares, cantidad mayor a la que poseen los tres mil seiscientos millones de habitantes más pobres del planeta, mientras el uno por ciento de los más favorecidos patrimonialmente ha conseguido mayores ingresos que el cincuenta por ciento de los más pobres. En los años cincuenta el decil más rico percibía 1/3 del PBI mundial, ahora recibe el 51%. Entre los ocho supermillonarios, seis son norteamericanos. Ello, probablemente ayude a explicar la conducta de estos en sus elecciones..

Analizando estos rankings desde 1987, se constata que   considerando la primera centena de millonarios (que representa más de ochocientos mil millones de dólares), su patrimonio ha crecido a un promedio anual del 6% al 7%. Lo que triplica o cuadriplica la media del crecimiento del período, por lo que, de mantenerse la tendencia, dentro de cincuenta años acumularían la totalidad del capital mundial. Un resultado que, según Thomas Piketty, se explica por el hecho que estos megarricos cuentan con posibilidades únicas para manejar sus inversiones, lo cual sumado al hecho que en el capitalismo, los beneficios sobre el capital exceden a los de otras fuentes, logran obtener primas más generosas, aumentando desmesuradamente su porcentaje. Con independencia de los mega millonarios en sí mismos, e incluso absteniéndose de consideraciones morales, esta tendencia del proceso no puede permitirse. Choca con cualquier lógica distributiva.

Sus consecuencias han sido analizado por Piketty, en su obra sobre el desarrollo económico en el siglo XXI, mostrando como los fondos patrimoniales de las grandes universidades norteamericanas, que por su magnitud son administrados por costosas organizaciones especializadas, al igual, obviamente, que lo son los fondos de sus homólogos los mega millonarios, obtienen primas adicionales constantes. Lo que hace que el actual capitalismo muestre esta tendencia a convertirse en una economía de desmesurados y escasos rentistas que presionan sobre los pobres, condenados al trabajo. A lo que cabe agregar los sueldos absolutamente desmesurados de los grandes ejecutivos, normalmente fijados por ellos mismos.

Estos datos sobre la magnitud de las grandes fortunas permiten ver al capitalismo como lo que es, una forma de organización de la economía, que sin profundas intervenciones políticas, opera como un monstruo que, como en el Frankestein de Shelley, se come a sus protagonistas. Una constatación que no es ninguna novedad desde el siglo XIX en adelante y mucho menos lo es en el actual mundo globalizado.

Las política de la social democracia (en cualquiera de sus formulaciones y aplicaciones, desde las cristianas al keynesianismo), si bien no justificaron al socialismo, que en ese lapso exhibió su imposibilidad, sí mostraron los abismos del capitalismo desbordado. Así como acreditaron, al contrario de lo que propone Donald Trump, la necesidad de regular internacionalmente al gran capital. No verlo es acompañar el suicidio. Regresar al ayer.