Por Pablo Mieres

Desde que el Frente Amplio se creó, y en estos días cumple ya cuarenta y seis años, siempre convivieron diferentes concepciones sobre buena parte de los temas y asuntos públicos. Existen por lo menos dos visiones de izquierda que tienen que ver con ideologías bien distintas, tanto en las concepciones sobre la democracia, el respeto a las reglas de juego institucionales y el valor del pluralismo y la tolerancia, como con respecto al papel del Estado, el capitalismo, el lugar de los sindicatos y la política internacional.

Estas diferencias pudieron disimularse muy bien mientras el Frente Amplio estuvo en la oposición, aunque en aquellos tiempos se produjo la ruptura del ala moderada de esa época, el PGP y el PDC. De cualquier forma, el Frente Amplio reprodujo una nueva expresión política moderada y mantuvo sus diferencias internas con la promesa de alcanzar el gobierno.

Y en los primeros dos gobiernos el éxito económico, el crecimiento de la producción, la existencia de recursos abundantes para atender las diferentes demandas que surgían de las diferentes voces y concepciones frenteamplistas, permitieron navegar con cada vez más contradicciones, la primera década de gobierno.

La expresión extrema de estas contradicciones que, sin embargo, unos y otros aceptaron; fue la existencia de dos equipos económicos que ejercieron sus funciones (como en un territorio feudal y dividido) cada uno con sus propias competencias. Así las cosas, se prohijaron disparates como el desastre de ANCAP y el FONDES; hijos dilectos y directos de las concepciones propias de los sectores más dogmáticos, populistas y tradicionales del Frente Amplio.

No menos cierto es que los sensatos, moderados y socialdemócratas, no sólo toleraron estas expresiones de los populistas y dogmáticos, sino que las apañaron y legitimaron. A veces mordiéndose los labios y otras veces en un patético silencio. El ejemplo más doloroso de esta actitud fue la defensa cerrada que unos y otros hicieron de la deplorable gestión de ANCAP y del vergonzoso episodio del título trucho del vicepresidente.

Pero en este tercer gobierno, las cosas son muy distintas. El proyecto muestra señales de agotamiento, no hay impulso dinámico ni ideas nuevas, la agenda está vacía y la opinión pública muestra distancia creciente con respecto al gobierno e, incluso, a la intención de voto por el partido de gobierno.

Así las cosas, las diferencias se vuelven insalvables y unos y otros comienzan a expresar sus convicciones, convencidos cada uno de que su propuesta es la adecuada y tratando de evitar la declinación política visible.

¿Cuál es el problema? Que unos, los populistas, dogmáticos y tradicionales, han avanzado sustancialmente en el control del partido, de sus estructuras y de la bancada parlamentaria del gobierno. Los otros sólo cuentan con una parte de la estructura gubernamental.

Pero esta disposición de fuerzas alcanza para observar cada vez mayores contradicciones en la gestión entre gobierno y partido.

Veamos, nomás, estos últimos días.

El gobierno aprueba un decreto que prohíbe las protestas con cortes de calles y rutas buscando evitar perjuicios para la salida de la producción y estableciendo limitaciones más que razonables para el debido ejercicio de las movilizaciones y protestas; y en pocas horas surgen fuertes y enérgicas voces desde varios sectores del Frente Amplio reclamando la derogación de ese decreto.

El gobierno departamental de Montevideo aprueba un nuevo e imponente aumento del precio del boleto urbano y varios sectores del Frente Amplio se desmarcan cuestionando agriamente la medida, olvidándose incluso que el jerarca del área correspondiente pertenece a uno de los sectores críticos.

El gobierno decide, más vale muy tarde que nunca, acompañar una declaración de catorce países de OEA cuestionando al gobierno autoritario de Venezuela, reclamando la liberación de presos políticos y la realización de elecciones, y enseguida salen al ruedo los sectores que han apañado todo tipo de gobiernos autoritarios en el mundo, a defender al corrupto y autoritario gobierno de Maduro.

También se enfrentan por la política de aranceles de las tarjetas de crédito y débito y existen fuertes diferencias por la política de inclusión financiera del gobierno.

En fin, dos concepciones cada vez más contradictorias que impactan directamente sobre la situación del país y afectan las perspectivas y posibilidades de nuestro desarrollo. Es hora de construir una alternativa seria, socialdemócrata con propuestas concretas y responsables.