Por Hebert Gatto

El escándalo por el cartel publicitario en un comercio que presuntamente discriminaba a los mexicanos ha alcanzado dimensiones internacionales. Ello ratifica lo conocido: la estupidez y la cortedad intelectual no son  patrimonio nacional, trascienden fronteras. Como se sabe, todo comenzó con la denuncia de un responsable ciudadano que turbado ante el hecho que los orientales discriminaran extranjeros, sintió su deber proteger los valores patrios y, con espíritu inquisitorial, subió el tema a las redes. Allí, en ese ambiente posmoderno, donde escasea la reflexión y abunda el exhibicionismo, se desató la histeria. Al primer guardián de la moral patria se agregaron decenas de compatriotas “políticamente correctos” que sumaron su sana indignación exhibiendo su anónima amplitud de miras. Instalado el tema en la “nube” los uruguayos compitieron en la desbocada gramática de los mensajes. Nada se ahorró en la sumatoria de agravios ingeniosos que los caracteriza.

La Intendencia Municipal de Montevideo, apelada en las denuncias, recordó leyes y habilitaciones de bomberos, aparentemente faltantes en el boliche. Envío a sus pretorianos: los temibles inspectores. Amagó con la clausura. Recordó las leyes y las buenas costumbres. Muy pocos advirtieron que se trataba de la reproducción de un  irónico film de Tarantino que, a través del humor y el exceso, ponía en cuestión el machismo, la violencia y la propia discriminación. Muchos menos recordaron que Jorge Luis Borges en un cuento memorable, había caracterizado, y no para encomiarlo, a Billy the Kid, “el asesino desinteresado”, como un cow boy fronterizo que debía veintiuna muertes “sin contar mejicanos”.     

El asunto en sí mismo es menor, pero revelador. Ignorar que el oxímoron, la alegoría o la metáfora constituyen figuras literarias o tropos que eventualmente realzan o denuncian lo que niegan, era esperable; lo es menos desconocer que el humor, como el que usó Tarantino en su película, procura precisamente anatematizar el prejuicio mostrando su bastedad, ejemplificando su precariedad y sus limitaciones como uso social.  ¿Qué puede resultar más corrosivo que el humor irreverente, como el que exhiben las viñeta de Chaplin, o de Buster Keaton  arremetiendo contra el respetable orden burgués? ¿Si la ironía supone un ojo serio y el otro en un guiño, no es acaso eso lo que muestra el absurdo de discriminar perros y hombres, como bien o mal, pretende el cuestionado cartel?

No vale abundar en lo obvio. Desconocer el humor es como negar el pensamiento, la capacidad para quebrar inercias y combatir la hemiplejia social. Es más viejo que el mate que el humor nace en el pueblo como crítica, como distanciamiento de lo serio e instituido, como espacio para denunciar injusticias. ¿Si no, para qué sirve purim o el carnaval? Acaso la ironía, parienta cercana del humor, no es subversión, divergencia, irreverencia, crítica al sistema de valores vigentes. Pero quizá lo más grave, no sea sólo este torpe desconocimiento. Más aún inquieta el clima, la ahogada atmósfera de aldea cerrada, que, con apoyo oficial, estas actitudes promueven. De a poco, sin notarlo, esta vez por internet, se reedita a Salem, el pueblito donde se juzgó  brujas: con su defensa irreflexiva de las verdades y valores santificados, ya sean políticos, religiosos o morales. En nombre de la corrección, se coarta la libertad y se entierra la tolerancia. Los primeros peldaños del oscurantismo.