Por Pablo Mieres

 

La inercia, la incapacidad de impulsar novedades, la parálisis para modificar las realidades que rompen los ojos son notas características de este período de gobierno. La sensación evidente es el agotamiento, cansancio y desgaste de este tercer gobierno del Frente Amplio.

Veamos algunos ejemplos contundentes.

ANCAP perdió 800 millones de dólares en cuatro años y es imprescindible un proceso de reestructura profunda. Sin embargo, el camino para enderezar los números ha sido, como todos sabemos, aumentar el precio de los combustibles a los ciudadanos y al sector productivo arriesgando la competitividad de nuestra economía.

La propia Presidenta de ANCAP reconoció que los resultados positivos de 2016 descansan sobre esta decisión absolutamente injusta porque traslada los problemas de ANCAP a toda la sociedad.

Por si quedara alguna duda, en el sector cemento dónde ANCAP pierde nada menos que alrededor de 25 millones de dólares por año (en 2016 perdió 27 millones), las propuestas de reestructura del sector imprescindibles, obvias y urgentes, se postergan al punto de que en estos días nos sacude la insólita noticia de que se resolvió recontratar jardineros en una de las plantas de cemento a un precio escandaloso.

El resultado es que los uruguayos pagamos el combustible y el cemento, ambos insumos esenciales para la competitividad de nuestro país en el mundo, a precios escandalosos para mantener un statu quo absolutamente inadmisible. Pero el gobierno no da los pasos relevantes para modificar esta situación.

AFE hace dos décadas que prácticamente no funciona, sin embargo el Estado paga religiosamente los salarios de los funcionarios. Parecería que tienen una beca eterna a costo de todos los uruguayos.

Pero no alcanza con esto, cuando surge una auténtica oportunidad de reactivar el transporte ferroviario a partir de la posibilidad de la instalación de una tercera planta de celulosa en el centro del país, los funcionarios del ferrocarril no sólo no reconocen que se les ha pagado sus salarios durante décadas a cambio de nada, sino que impulsan acciones de verdadero boicot a las posibles iniciativas de reactivación, generando incluso el bochorno de que técnicos finlandeses regresaran a su país sin poder relevar la situación vial debido a un paro de la Unión Ferroviaria.

El Ministro de Transporte apenas ha expresado un tímido reclamo, reconociendo que esta actitud,  a todas luces increíble, le resultaba un “poquito enojosa”. Patético.

Lo cierto es que el sindicato ferroviario que hace años representa a un conjunto de trabajadores que no hacen prácticamente nada, condiciona al gobierno en la implementación de la mayor inversión en la historia del país. Increíble pero cierto.

En educación ni hablemos. Nada cambia, todo está sumido en un continuismo inerte que implica un deterioro creciente de la mayor parte de los indicadores educativos. Cuando apenas intentaron una tímida modificación en el perverso sistema de elección de horas de la educación media, para promover su elección bianual, bastó la oposición de los sindicatos de enseñanza para que dejaran sin efecto ese tímido intento.

¿A qué se debe tanta inacción, tanta incapacidad ante situaciones evidentes de fracaso, inmovilismo y desastre económico?

Básicamente al enorme poder de la corporación sindical que ha aumentado su influencia y su capacidad para defender sus privilegios dentro del Frente Amplio y dentro del propio gobierno. En efecto, cada vez resulta más difícil encontrar las diferencias entre el partido y el movimiento sindical. Se ha producido una simbiosis grave y patológica entre el gobierno y el poder de un actor sindical que reivindica sin límites su poder corporativo y particularista.

En un sistema institucional democrático, el gobierno debe mantener una razonable distancia entre los diferentes intereses particulares, laudando con equilibrio los reclamos y demandas, y poniendo particular cuidado en hacerse cargo de la voz y el interés de los más débiles que son los ciudadanos que no están organizados, es decir el interés general.

Este gobierno hace tiempo, y cada vez con mayor notoriedad, se ha inclinado a una defensa a ultranza del interés corporativo y particular de las organizaciones sindicales, aún al costo de que los uruguayos de a pie paguen esos privilegios, no otra cosa es lo que está ocurriendo en los casos de ANCAP, AFE y ANEP.

Entre tanto, los uruguayos vemos pasar la historia y pagamos la inercia de un gobierno incapaz de responder y resolver situaciones que rompen los ojos, sin dar la respuesta debida a los ciudadanos que, al fin y al cabo, con su voto le dieron un mandato que está incumpliendo notoriamente. Si alguna duda quedara, basta mirar los datos de todas las encuestas que muestran que la mayoría de los uruguayos no aprueba la gestión de este gobierno.