Por Hebert Gatto

Usualmente el gobierno de un país que avanza en su economía se ve favorecido por el apoyo de su población, aún en el caso que los resultado no sean consecuencia directa de su gestión. Algo parecido ocurre cuando las expectativas no presagian turbulencias institucionales sino un futuro presumiblemente estable. Es sabido que cuando el miedo, la incomodidad o  la frustración, no están presentes, los pueblos apuestan por la continuidad de sus gobiernos. En tales casos suelen ser más sensatos que proclives a riesgos inciertos y prefieren no arriesgarse a incertidumbres. Tal lo que explica que luego de cien años de administraciones de los partidos tradicionales, del pronunciado estancamiento económico a su final y de las indecibles angustias de una dictadura militar, estemos asistiendo al tercer gobierno consecutivo del Frente Amplio, pero también, y de eso versa esta nota, a lo que parece presentarse como su ocaso.

Uruguay, pese a estar lejos de los guarismos  de crecimiento que obtuvo en la década que culminó en el  2014 –su mejor coyuntura externa conocida-, ha conseguido mantener pequeños incrementos anuales de su producto que lo alejan del estancamiento que padece la región, a la vez que anuncia tasas de crecimiento que parecen distanciarlo tanto del omnipresente fantasma de la recesión económica como de las dificultades políticas de nuestros grandes vecinos, particularmente Brasil, gravemente aquejado por ambos males. Esta situación general, acompañada de la baja de la pobreza generan una estabilidad social e institucional apreciable, que no se compadece con la simultanea disminución del apoyo que los uruguayos dispensan a su gobierno.

Las encuestas, pese a su relatividad, no arrojan dudas. Promediándolas se observa una persistente cáida del apoyo al Frente y un aumento correlativo tanto del Partido Nacional, como de la suma de votos de la oposición. Un fenómeno que se extiende a la baja en la popularidad personal del presidente. Dadas las condiciones  generales arriba reseñadas, ¿qué explica esta actitud de la población cuando nos aproximamos a la mitad del período de gobierno? ¿En qué factores, ajenos al desempeño económico estricto, descansa este debilitamiento del Frente Amplio, una fuerza que llegó al gobierno altamente motivado y capitalizando la mitad del electorado nacional? ¿Se trata de un malestar pasajero, de una reconsideración transitoria de adhesiones políticas y por tanto reversible, o de un proceso más profundo que implica una modificación del “estado de espíritu” de la población?

Obviamente ninguna respuesta puede pretender certidumbres inexistentes. Traducir situaciones objetivas en actitudes públicas poblaciones, mediadas por la subjetividad de un conjunto heterogeneo de personas, tanto en lo individual como en lo social, aún si se trata de un país pequeño como el nuestro, es un ejercicio difícil. Mientras para algunos adherir a una ideología, un partido o a una figura política es un acto de enorme significación existencial que implica un compromiso profundo que hipoteca una parte sustancial de la vida, para otros es un asunto menor, prescindible y de muy escasa importancia. Además de tratarse de actitudes que comportan distintas significaciones según épocas y generaciones. Piénsese como ejemplo en los compromisos políticos en el Uruguay de los sesenta. Ello complejiza enormemente las explicaciones sobre las actitudes de los componentes de un colectivo. De allí que sobre este tema solo quepan intuiciones, impresiones,  sobre como siente, cuál es el ánimo de la sociedad de la que somos parte. 

En ese ambiguo terreno creo que puede adelantarse que los uruguayos, o una parte importante de ellos, hoy día se encuentran fatigados, ganados por la desilusión. No asustados o enojados, amenazados por catástrofes, o abrumados por la pobreza, como ocurre en otras zonas del continente, sí desesperanzados. La primera gestión frenteamplista supuso  un período que sus electores sintieron cargado de ilusiones, pero que, pese a la bonanza externa y a la mejora del producto, más que concreciones difirió promesas. La sucedió una segunda administración donde, pasada la siembra pero nuevamente con buen tiempo, las ofertas debían concretarse. Lo aseguraba el nuevo conductor, su pasado iconoclasta y sus renovados partidos caoligados. La flor de la izquierda. Nada de ello ocurrió, pese a las peculiaridades de José Mujica, que confundieron a muchos, especialmente afuera. No tanto por lo que se advirtió directamente durante su gestión, cuando aún soplaban los confundentes vientos externos de la abundancia, sino por lo que nos dejó, el legado remanente, cuando el auge volvió a su cauce.

Ahora, en el tercer período de la coalición gobernante, es hora de  balances. El tiempo para dar cuenta de la frustración que muchos uruguayos sienten. Parte de ellos frentistas y otros tantos que no los votaron  pero que en el fondo, también abrigaron tímidas esperanzas de novedades. De un cambio de época. El inventario, por más que conocido es más que triste: preocupante déficit presupuestal, abultada deuda pública, entes autónomos y previsionales con pasivos desorbitantes, municipios castigados, burocracia estatal hinchada e ineficiente, infraestructura vial y logística maltrcha, enseñanza pública a nivel de los más rezagados de los países latinoamericanos, seguridad ciudadana amenazada por un aparato delictivo día a día más siniestro, salud generalizada pero de pésimo funcionamiento y creciente endeudadamiento. Todo ello, cabe repetirlo, luego del mejor período de la historia económica del Uruguay. La década de oro. Esto no significa que los frentistas hayan desaparecido, sólo ocurre que una gran mayoría de ellos ha perdido su ideología, se les diluyó con el populismo; como coalición siguen tan divididos como siempre y como conjunto humano en nada se parecen ya a los fulgurantes militantes de la década del setenta. Una condición insatisfactoria, por más que no sea sólo ellos los que necesiten recargar esperanzas.