Por Hebert Gatto

           

En 1989 Francis Fukuyama, un politólogo norteamericano, escribió una tesis que con exceso de ambición tituló el “Fin de la Historia”. Su trabajo, de origen hegeliano, era sencillo: argumentaba que la irreversible catástrofe, en ese mismo año, del régimen soviético, suponía el triunfo definitivo de la democracia liberal capitalista. Ello consagraba la lógica de la Ilustración: por fin la historia alcanzaría su realización. La desaparición de las tensiones nacionales e ideológicas habilitaba el anhelado progreso moral haciendo posible la postergada realización de la especie. Concluía profetizando que se aproximaban mejores tiempos para todos. El trabajo del norteamericano, muy difundido en el mundo, fue clamorosamente rechazado por ambos extremos del espectro político. En la izquierda por elegir como triunfadora en la puja civilizatoria a una sociedad capitalista explotadora e injusta, en la derecha por optar por cerrarla con promesas liberales. Creo, sin embargo, que el juicio merece matizarse, Fukuyama acertó al señalar que el siglo XX implicó el fracaso definitivo del socialismo, erró gravemente al considerar que ello clausuraba un período histórico, cuando en realidad lo estimulaba y lo reabría. A procurar demostrarlo, destino lo que sigue.

Que al socialismo se lo llevó la historia resulta indiscutible. La implosión soviética y su imposibilidad de compatibilizarse con un mínimo de democracia y libertad no merece comentarios. Por su lado, ninguno de los intentos de consagrar modelos  socialistas durante el siglo pasado, fuera de los soviéticos, lograron concretar ninguna sociedad dotada de un modo de producción diferente al capitalismo. Ello incluye a los proyectos de la socialdemocracia que si  consiguió importantes resultados suavizando las peores injusticias del capitalismo, siempre estuvo lejos del socialismo al que pretendió dirigir sus afanes. Lo mismo ocurrió primero con la guerrilla revolucionaria de los sesenta y setenta y últimamente con el populismo latinoamericano, el autoproclamado socialismo del siglo XXI. El mismo que ofreció brindar tanto la socialización de los medios  de producción como la sociedad universal.  

Lo cierto es que pasados casi doscientos años de ofertas, la izquierda socialista no logró formular un solo diseño de organización social que le permitiera encauzar, por vía democrática, sus aspiraciones de trascender el capitalismo. Ni uno solo.  No lo consiguió mediante revoluciones ni a través de cambios electorales, ni en países desarrollados como Francia o Alemania, ni en medio del atraso como en Asia o en África. Tampoco al presente luego de tantos años de fracasos, logra formular una propuesta creíble. Un modelo que, superado el otro socialismo , el moscovita,  exprese algo más que vagas aspiraciones. Como sí, a diferencia de sus concretas y detalladas propuestas socializantes del pasado, ahora alcanzara con etéreas promesas de felicidad social. Todo ello mientras en los hechos, en la práctica cotidiana, la fiel Cuba se desangra, u otros ensayan en nombre del comunismo, la más virulentas  economías de mercado. Como ocurre en China o Vietnam.

Lo expuesto no supone argumentar ni pretender sugerir que el capitalismo  constituya el mejor régimen imaginable, capaz, por sus virtudes de devenir irrebatible y sobreponerse al cambio histórico que a largo y mediano plazo acecha a todas las sociedades. Si es que la humanidad logra sobrevivir en el planeta. En seis siglos de existencia, que no es un lapso pequeño, el capitalismo se ha afirmado en este mundo, distribuyendo injusticias e iniquidades entre continentes, civilizaciones y naciones; inequidades demasiado notorias como para abrigar esperanzas que sea el sistema que exprese la modalidad más elevada de organización que pueda alcanzar la humanidad en su evolución. Cabe esperar que en algún momento de su  desarrollo como especie logre al fin trascenderlo, conservando sus virtudes, que también las tiene. Es lo deseable y  esa esperanza continuará alimentando el sentimiento utópico de hombres y mujeres, seres dotados de la capacidad de soñar en un mundo mejor, menos injusto que el que hoy habitamos.

Pero más allá de ilusiones lo que sí podemos predecir es que si el futuro, como superación del capitalismo, se encuentra en manos de un diferente modo de producción, éste, si impropiamente se lo denominara socialismo, lo que no sería adecuado que ocurriera, no puede parecerse a los intentos que hasta ahora formulados para concretarlo. Deberá ser un modelo viable que combine humanismo con libertad e igualdad, una tríada adelantada por los revolucionarios franceses, que hasta ahora, pese a innegables acercamientos, nunca se ha conseguido armonizar. Y que tampoco, pese a su larga estabilidad y a su capacidad para acoplarse con la democracia, ha conseguido el capitalismo. Mucho menos lo consiguieron las políticas de derechas (revolucionarias o conservadoras), que en los casos en que respetaron la democracia y al individuo, algo que no siempre hicieron, pospusieron sistemáticamente la igualdad.

Por ello la izquierda y los centros políticos democráticos podrán caracterizarse, como fue su inspiración primitiva anterior al marxismo, por apostar por la equidad entre los hombres sin perjuicio de profundizar su libertad social e individual. Asumiendo y buscando la solución para la eterna tensión entre libertad e igualdad que ha caracterizado el desarrollo de la civilización desde la Ilustración en adelante. Para lograrlo deberán evitar el profundo y reiterado error, tan común en las izquierdas, de confundir la igualdad como valor (un asunto axiológico) con el socialismo  (un modo particular de organizar la economía y la sociedad.) Si superan esa confusión podrán identificarse con propuestas destinadas a armonizar ambos extremos, siempre que asuman que el socialismo no es la vía para lograrlo. La historia del siglo XX lo ha demostrado cabalmente. Tal la razón por la cual el período que se abre, en contra de lo que pensaba Fukuyama, no se encuentra cerrado, sino abierto y pleno de posibilidades.