Por Joaquín Secco

 

Luego de un año 2016 que presentó una economía mundial débil y amenazante, el año en curso cambió su perfil y se presentó mucho más favorable para el crecimiento económico, el empleo y los ingresos.

 

Se observó la recuperación de las economías centrales, a la par con un mejoramiento de los precios de las materias primas y los alimentos, que favoreció el crecimiento de las economías de los países de América Latina y África por encima de las cifras que habían sido pronosticadas. Europa, América del Norte, Asia y Japón han tenido un crecimiento importante que representa una oportunidad no solamente para los países beneficiados, sino también para aquellos que —como los de América Latina— son proveedores de los mismos y se han favorecido con un fortalecimiento de la demanda que estaba descartado por las tendencias de 2016. En este contexto, cabe mencionar también la reactivación de las economías de América Latina y especialmente de Argentina y Brasil, cuyos pronósticos tampoco eran lo positivos que lo están siendo en la actualidad.

Un largo período de altos precios de la energía, de los alimentos y los minerales, hicieron posible en América Latina, una elevación de los ingresos y del empleo como no se había visto durante décadas.

El mismo efecto riqueza también otorgó una expec- tativa de altos precios per-manentes y de cambios profundos en los partidos de gobierno que se parecieron más a las ideas y políticas que habían dominado en los años 60s.

Gobiernos con mayor perfil populista y totalitario que no pudieron sostenerse, cuando los precios y los ingresos se contrajeron en los años recientes. El problema ha sido la coordinación entre las políticas durante las diferentes fases de aplicación de las mismas. Argentina, Brasil Venezuela o nuestro propio país mostraron desacoples entre los ingresos y el gasto, lo cual determinó fuertes desaceleraciones en el crecimiento que nos impidieron el mejor aprovechamiento de las oportunidades. La conflictividad, el manejo equivocado de las oportunidades, propician la corrupción y como se dice ahora, "la judicialización de la política". En todos los países hay un trabajo a destajo del sistema judicial al que se suman el narcotráfico y los delincuentes de cuello blanco. Entre todos hemos contribuido a deteriorar la convivencia. En la cuenta hay que poner además el tratamiento de la basura, el deterioro de la infraestructura, la pobreza que solamente se la mide por el ingreso, en una cuenta que parece muy mal hecha. La educación, la salud pública, donde también se ha colado la corrupción. En estos recuentos tampoco se puede dejar de mencionar la gestión de las empresas públicas, el modelo de Ancap que se defiende con todas las armas posibles o la ingenua negociación con UPM.

Lo que no es posible evitar es el pésimo balance que hacemos entre las oportunidades a que accedemos y el mal resultado que obtenemos. En estos días hemos vuelto a conversar sobre nuestras estrategias de comercio exterior. Nos debería dar vergüenza los episodios de nuestra relación en el Mercosur y las conversaciones con la UE. Asimismo las eternas e inconducentes conversaciones sobre aranceles y lo que nos cuestan.