"Es necesario impulsar medidas claras, firmes y efectivas que aumenten los controles sobre la gestión pública y que promuevan la transparencia en la actividad política".

 

Los resultados del Latinobarómetro muestran una realidad preocupante. La confianza de los ciudadanos en los partidos ha disminuido hasta alcanzar un porcentaje del 25% que sólo se había registrado en los tiempos inmediatos a la crisis del 2002.

Es cierto que así y todo, ese porcentaje es el más alto de los países de la región. Pero poco sirve de consuelo que "en el país de los ciegos el tuerto sea rey". En efecto, América Latina exhibe una profunda crisis de la política y de los partidos, por lo que ser el menos cuestionado en ese contexto no significa nada.

El tema es, entonces, asumir el mensaje ciudadano y actuar en consecuencia. La gente está enojada y molesta con el accionar de los partidos y de los políticos. Esto tiene que ver con la existencia de numerosos hechos de corrupción o de irregularidades que han salpicado la actividad política en estos últimos tiempos.

El ejercicio continuado del gobierno por parte del Frente Amplio ha dejado en evidencia la existencia de numerosos y crecientes casos de corrupción o sospechas de corrupción que han impactado fuertemente en la ciudadanía.

El escándalo de ANCAP, el FONDES, los negocios con Venezuela, los gastos indebidos con las tarjetas corporativas y la permanente sucesión de hechos irregulares en ASSE han impactado en la percepción de los ciudadanos que sienten que los políticos uruguayos no estamos actuando bien.

Para completar el panorama, los viejos partidos tradicionales, que dejaron el gobierno cuestionados por su accionar en este plano, han presentado nuevas situaciones que los afectan.

En efecto, a comienzos de este año explotó el caso del Cambio Nelson que determinó la prisión de Francisco Sanabria, importante dirigente del Partido Colorado en Maldonado; y en la segunda mitad del año aparecieron situaciones relacionadas con el Intendente de Soriano del Partido Nacional por contrataciones entre la intendencia y una empresa de su propiedad que tienen apariencia de irregulares y la situación del diputado nacionalista, Wilson Ezquerra, que protagonizó un accidente conduciendo alcoholizado.

Si a estos hechos agregamos que la ciudadanía tiene una opinión mayoritariamente negativa con respecto a la gestión del gobierno, entonces se puede explicar con claridad la crisis de confianza en la política.

Porque esta situación también tiene que ver con la incapacidad de resolver algunos temas centrales para el país como la educación, el empleo o la sensación de que el Estado cobra y recauda de manera creciente sin que existan los adecuados retornos en servicios a los ciudadanos.

Estamos en el final de un ciclo, el partido de gobierno muestra signos de agotamiento y división interna que neutralizan su accionar gubernamental. Los asuntos se trancan y la imagen es la de un gobierno sin fuerza, sin impulso y con muy pocas ideas.

En estas condiciones y con los sucesos acumulados, la ciudadanía reacciona con malestar, crítica y distancia con respecto a aquellos que conducen el país, es decir los políticos.

El desafío es, entonces, muy relevante. Todo el sistema político está bajo sospecha y, esta situación, aunque sea injusta porque en todos los partidos la mayoría de los políticos actuamos con honestidad, dedicación y transparencia, hay que enfrentarla con decisión y seriedad.

Es necesario impulsar medidas claras, firmes y efectivas que aumenten los controles sobre la gestión pública y que promuevan la transparencia en la actividad política. Son imprescindibles señales claras que desde el sistema político se emitan para recuperar la confianza ciudadana.

Hay que promover medidas legislativas y decisiones rápidas y contundentes que ayuden a que la gente sienta que puede confiar en los políticos y los partidos.

También, más que nunca, resulta imprescindible promover una nueva alternativa política que permita canalizar la necesidad de creer nuevamente. Una alternativa seria, capaz de generar entusiasmo y confianza. En el 2019 la ciudadanía también buscará nuevas opciones en las que creer.

Pero, hay que evitar caer en dos tentaciones equivocadas.

La primera tentación que hay que evitar es la de creer que los partidos políticos no son necesarios. Por el contrario, sin partidos no hay democracia y esto lo vivimos en nuestro país no hace tanto tiempo. La cuestión no es sustituir a los partidos, sino que estos sustituyan a quienes no son dignos de representar dignamente a los ciudadanos. Y en ese sentido, la ciudadanía puede, con su voto, seleccionar a aquellos en quienes más confían.

La segunda tentación es la demagogia. Es decir, impulsar medidas a ver quién llega más lejos en la autoflagelación y en "vender ilusiones" sin otro fundamento que ganar el apoyo de los indignados. Hay que desconfiar de los "cantos de sirenas" y las medidas "facilongas". De esto hay algunas medidas muy recientes que son típicas de este tipo de planteos.

En estos tiempos, más que nunca hay que ser serios, responsables y proponer alternativas concretas, realizables y democráticas que fortalezcan nuestras instituciones. En eso estamos.