Por Joaquin Secco

 

Nos acercamos a un epílogo ruinoso de nuestra economía, después de haber atravesado por una fase de condiciones excepcionalmente favorables para el desarrollo, las cuales se dilapidaron como se había reiterado en el pasado.

 

Desde comienzos del siglo XXI la economía mundial se modificó profundamente. Especialmente destacable ha sido la expansión del comercio mundial de bienes y servicios y el cambio en la especialización productiva de los países y regiones. Aunque estas tendencias obedecieron a numerosas causas, no deja de ser destacable el efecto de la gradual liberación del comercio mundial que entre otras causas tuvo hitos como la creación de la OMC, la ronda Uruguay del GATT y la activa tendencia a la realización de acuerdos de libre comercio entre países o bloques regionales.

 

China en particular pero el Asia en general, favorecieron la urbanizaron de su población para estimular el empleo de mayor productividad a partir de la industria manufacturera, la cual ha tenido un crecimiento constante e intenso desde los años 90s. El crecimiento del ingreso generado en países que se contaban entre los más pobres del mundo, generó demandas por alimentos, energía, minerales y formas de organización cada vez más productivas. Junto al aumento de manufacturas de los países en desarrollo, América Latina aumentó su oferta de alimentos, energía, minería. Por su parte, Oceanía y América del Norte, alimentos, energía, minerales e innovaciones. Los precias se elevaron, se redujo la pobreza mundial, aumentó el empleo, mejoró la alimentación y el bienestar de la mitad de la población del mundo. Pero también, en los países menos prudentes Argentina, Venezuela, Brasil…. también crecieron los costos y los gastos clientelistas.

 

Nuestro país, luego de un despegue vigoroso a partir de 2002, volvió a caer en los errores de siempre poner por delante máscaras populistas que nos vuelven como en el juego de la oca- muy cerca del principio. Siempre es difícil conocer los errores de los mensajes equivocados, pero al final, más tarde que temprano, se reflexiona. Parecería que está llegando eso momento a partir de la movilización que primero fue del campo y cada vez alcanza a otros sectores de la economía.

 

Las tres cuartas partes de las exportaciones del país nacen del campo y las cadenas productivas que se generan tienen repercusiones que condicionan al conjunto de la economía. Cuando los precios de exportación bajan en forma generalizada, sería el momento de ajustar los gastos del conjunto de la economía para sostener el empleo y hacer posible la reactivación. Si ajusta el sector privado pero el sector público eleva el gasto manteniendo el discurso equivocado- se produce lo que estamos viendo, lo que ha sido reiterado a menudo en el pasado. En 2002 nos provocó una catástrofe y muchos pensamos que no nos volvería a pasar por un tiempo más largo. No pensamos un renacimiento tan temprano del peor ANCAP o de un gerente ganando USD 25000 por mes. Cada uno bloquea los premios a los que accede, para que se hagan permanentes. En estas condiciones, los ingresos del campo bajan mucho más que proporcionalmente y se produce además una fuerte desafectación del empleo.

 

Pero además hay condiciones que provocan una cierta inercia. Cuando cae el ingreso, encuentra a las familias, a los empresarios y a las unidades que forman las cadenas, transformados en rehenes de su oficio y de sus inversiones, equipos y saberes. En esas condiciones apuestan a un golpe de suerte con el clima, el repunte de precios o de los rendimientos. Quienes enfrentan mayores dificultades suelen ser también quienes postergan pagos, ven deteriorar sus activos y acumulan deudas de difícil amortización. Hoy lo vemos entre los productores lecheros pequeños, entre los agricultores de arroz, de trigo o de soja y entre los ganaderos que optan por apostar a golpes de suerte. Todo además coincide con que el estado y las intendencias pueden prevenirse antes de los riesgos y mientras los privados apuestan a la suerte, el estado apuesta a esquilmar a los empresarios. Son malas políticas. Hace muy pocos años, el ministro de Economía nos aconsejaba que pagaran todos para hacer posible que todos pagaran menos. El tiempo nos fue diciendo con mucha claridad que también ahora se abortaría la potencialidad de sostener el crecimiento. Hace tres años que no crece el producto del campo y la suma de fracasos y deudas hará que esta tendencia se continúe. Los gobernantes ya no pueden decirnos que la crisis del campo es necesaria porque hay que mejorar las condiciones de vida de los pobres. Como dice un amigo, el gobierno gastó desde 2005, como un marinero borracho, pero realmente no consiguió resultados en términos de riqueza, educación o fortalecimiento de capacidades. El gobierno opta por alargar los plazos. En noviembre dijo que atendería los reclamos en febrero. Cuando la claridad de cómo y cuánto y estaba sucediendo, recién aceleró los plazos y buscó otras dilaciones, mientras las políticas siguen acentuando el atraso cambiario y la ineptitud de las soluciones.