Palabras de Pablo Mieres en el Senado.

El sábado 8 de agosto falleció nuestro querido amigo y compañero, el Esc. Guillermo Pérez del Castillo.
Guillermo fue un profundo y ferviente católico, impulsor y defensor de una Iglesia abierta al mundo, promotora de la paz y la justicia social, con un enfoque moderno en línea con el Concilio Vaticano II y sus desafíos de aggiornamiento con la realidad contemporánea.

 

Era un hombre que se caracterizó por cultivar las tres virtudes esenciales.
Era un hombre de fe, confiado en sus convicciones religiosas que le acompañaron toda la vida.
Era un hombre generoso que amaba la vida y, particularmente, a sus semejantes, empezando por su entorno más cercano pero extendiendo su capacidad de dar al conjunto de la comunidad. Quién habla puede dar testimonio directo de su capacidad de dar porque en algunos momentos difíciles fue de aquellos que nos tendió su mano abierta y dispuesta para ayudar sin pedir nada a cambio. Recuerdo imborrable de su querida persona.
Y era un hombre de esperanza, a tal punto que siempre miraba la realidad con un enfoque optimista y de profunda alegría.
La máxima que orientó su vida, sintetiza su forma de vivir: “Dios en el corazón y buen humor”. Así rezaba la frase que tenía en su escritorio. Era una persona que contagiaba su alegría y buen talante.
A tal punto que su larga y dura enfermedad, que lo aquejó desde hace muchos años, nunca parecía grave porque la forma en que la vivía y contaba no dejaba entrever la verdadera entidad de su dolencia.
La última vez que hablé con él, ya internado y poco antes de su fallecimiento, me habló, como otras veces, de su enfermedad con la misma paz y alegría con la que lo hizo siempre. A tal punto que, de no saber por los datos objetivos sobre el seguro desenlace, nos la hacía ver como un malestar pasajero y llevadero, en donde jamás se expresó enojo o desesperación.
Un hombre que contagiaba y contagia con su ejemplo, aun hoy, la esperanza como consigna de vida.
Formó una familia numerosa, alegre y solidaria, junto a su esposa Marie Noel Olaso. Tuvieron cinco hijos, Ignacio, Marcela, Lucía, Guillermina y Leticia y siete nietos.
Su amor por su familia estaba presente en todas nuestras conversaciones. Dejaba traslucir su orgullo y cariño por su esposa e hijos.
Fue para ellos una presencia fuerte, cercana, cálida y cariñosa. Sus reflexiones y comentarios siempre mostraban que estaba en el centro de sus alegrías y preocupaciones.
El Esc. Guillermo Pérez del Castillo fue también constructor de instituciones.
Junto a su hermano, Eduardo, escribano igual que él, tomó la conducción de la Escribanía Pérez del Castillo cuando en 1975 falleció su padre, el Esc. Daniel Pérez del Castillo, quien fuera Representante Nacional en dos períodos legislativos.
En su trabajo profesional asesoró a numerosos emprendimientos nacionales de gran relevancia para el desarrollo del país.
Fue, también, Asesor Legal de la Conferencia Episcopal del Uruguay y de la Arquidiócesis de Montevideo.
Fue Asesor del Instituto de Filosofía Ciencias y Letras y trabajó intensamente en la conversión de ese Instituto en la Universidad Católica del Uruguay. Desde su fundación dedicó su mayor esfuerzo y energía al surgimiento y desarrollo de esa Universidad, de la que fue Vicerrector Administrativo y Vicerrector de Desarrollo Institucional.
La Universidad Católica del Uruguay le debe a su aporte generoso y solidario, una parte relevante de su actual consolidación como institución de estudios superiores. Era consciente de la importancia que tenía para el país la gestación de un sistema universitario con múltiples instituciones universitarias. Por eso dedicó energías a la construcción institucional de esa universidad.
Porque siempre estaba atento a mirar las perspectivas y necesidades de nuestra sociedad.
Así es que fue de los primeros impulsores de la apuesta al desarrollo de la producción forestal en nuestro país, convencido de que este sector contribuiría a la diversificación de nuestra matriz productiva. En tal sentido fue el primer Vicepresidente de la Sociedad de Productores Forestales del Uruguay.
Visto hoy en la perspectiva del tiempo, cuánta razón tenía esa apuesta.
Desde su cargo en la Universidad Católica, promovió la creación de carreras técnicas en Tacuarembó que desarrollaran la formación en forestación, imprescindible para viabilizar el desarrollo de ese subsector de la agropecuaria nacional.
Fue impulsor, junto a otros especialistas, de la Ley de Fundaciones que ha permitido el desarrollo de nuevas formas de organización de la sociedad civil para promover causas sociales y solidarias, mediante la canalización de fondos privados al servicio de objetivos sin fines de lucro.
Fue, también, un defensor y promotor de la valoración de la dimensión de responsabilidad social de las empresas.
Impulsor de la creación de DERES (ámbito que congrega un número cada vez mayor de empresas de nuestro país que promueven las prácticas de responsabilidad social en la gestión empresarial) y fundador de iniciativas empresariales de asesoramiento para el desarrollo de la RSE, en las que nos tocó trabajar juntos, con otros amigos.
Fue, además, un querido compañero de nuestro Partido Independiente. Aportando en forma permanente sus ideas y propuestas, así como acompañando hasta el último esfuerzo de sus energías el trabajo partidario.
Disfrutó y celebró el crecimiento de nuestro partido y se cuenta hoy entre aquellos constructores que han contribuido a la consolidación de nuestro espacio político.
Sentiremos mucho su ausencia, fue un gran amigo.
Lo queríamos mucho, por eso ahora, fieles a su legado, celebramos su vida que es la mejor manera de entender la esperanza con que vivió siempre.
Pedimos que una copia de nuestras palabras se envíe a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos, al Rectorado de la Universidad Católica del Uruguay, a la Conferencia Episcopal Uruguaya, a la Arquidiócesis de Montevideo, a la Sociedad de Productores Forestales del Uruguay y a la Asociación de Escribanos del Uruguay.
Muchas gracias.